3er Domingo de Adviento Jn 1, 6-8. 19-28

Cuando le preguntan a Juan ¿quién era él?, contestó: yo soy una voz que grita en el desierto, allanen los senderos, limpien y abran el camino.

No se trata de llegar a la meta, SINO preparar el camino, crear un pequeño desierto y encontrarnos con el Señor. La presencia del Señor que anuncia Juan Bautista es causa de alegría, pues «Él vendrá y los salvará».  Esa auténtica alegría no nace del fondo de una copa vacía, sino de un corazón lleno de esperanza.

Las lecturas invitan a la alegría a los marginados de entonces. ¿Cómo la actualizamos  hoy?

Busquemos la LUZ, y nos quedemos con una pequeña lámpara o una linternita, o la gente, o los pequeños o grandes ídolos.

Sólo Jesús, el Mesías, es la LUZ. La única luz que puede encender nuestra lámpara, esa LUZ que ilumina en la oscuridad, que vence a la muerte, que elimina los odios, que nos concede la paz, que ayudemos a los oprimidos y a los pobres, que no discriminemos, que luchemos por la paz.

Pero la luz para ser, para existir, necesita de una chispa, de un interruptor, necesita otro como lo fue Juan; y hoy para nosotros es la Palabra.

Fue Juan el elegido para sacarnos de la caverna hacia la luz, fue Juan el mensajero del Hijo. Es Juan que nos dice que ya está aquí quien ha de venir. Tú eres nuestra luz, Cristo. 

Que no te cambiemos a Ti por luces fluorescentes o destellantes. Tu luz es la única que nos hace ver, que nos guía hacia Belén.